CHINA ADOPCIÓN. ORFANATO DE LEIZHOU, PROVINCIA DE GUANGDONG

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Recepción en el edificio donde están los niños (1º piso salas-cuna)

Nuestra guía, los niños, Javi sacando fotos, personal del orfanato. Yo intentando entender cómo iba a ser la visita.

La visita al orfanato estaba organizada a un estilo muy diferente al que esperábamos. Una recepción en la sala de la entrada y directos a comer a un restaurante con el equipo de administración. El director del orfanato disculpaba su asistencia a la comida.

En ningún momento se incluía en la visita ver a los niños, entrar en sus salas o hablar con las cuidadoras. Pero conseguimos que estos formalismos desaparecieran al menos en esto último: vimos a los niños (no estaban permitidas fotos) y a las cuidadoras.

 Sala de recepción: la única sala común para visitas, reuniones etc…

El Director del Orfanato y las frutas y te para nuestra bienvenida

Tuvimos que insistir en que queríamos ver a los bebés. Ni siquiera nuestra guía entendía el por qué. Creían que con abrazar mucho a la niña y con visitar las oficinas serían suficiente. Se equivocaban, ya que el objeto de nuestra visita era conocer a las personas que habían criado a Lei Jin Ying durante su primer año de vida y comprobar que las condiciones eran las adecuadas. Supongo que es la esperanza de toda madre y todo padre.

Como no indicaban el camino hacia las salas donde estaban los niños, le pedí a Lei Jin Ying que subiese las escaleras. Habíamos recorrido la planta baja y sabíamos que no estaban allí. El truco funcionó, todos le siguieron y subimos al piso de arriba. Eso sí, no estaban permitidas la fotos. Criterio que me parece muy adecuado pensando en los niños. A mí no me hubiera gustado que personas desconocidas fotografiasen a mi hija mientras estaba en el orfanato.

Acceso al 1º piso: dormitorio de los niños, prohibido fotos.

Al llegar al hotel, dibujé como pude lo visto para que la memoria no me fallase.  Intentaré describir lo que vimos: había 7 niños (parecían chicos pero con el pelo tan corto y vestidos iguales era difícil comprobarlo), cada uno en su cuna, de edades comprendidas entre 1 y 3 años.

En la cuna abultaba más una manta de gran tamaño que el propio bebé. Preguntamos por qué les cubren con una manta cuando estamos a 35º C y nos dicen que es para protegerles de las corrientes y de los catarros. Esto es algo que nos hemos encontrado habitualmente en China, abrigar mucho a los niños cuando nosotros estamos vestidos con tirantes y chancletas.

Los bebés tienen granitos en la piel, están muy blancos. Nos miran desde sus cunitas sin mostrar ninguna emoción. Sólo dos lloran cuando nos acercamos. El olor  a rancio, a cerrado y a humedad es tremendo.

No me atrevo a preguntar si es posible coger a un niño en brazos. El respeto a sus futuros padres y el silencio de la sala me lo impiden. Durante mucho tiempo había fantaseado sobre cómo sería este sitio y ahora que por fin estoy aquí, casi no me atrevo a moverme. Además, el séquito de personal que nos sigue me impresiona. Seguramente no lo hacen con mala intención, pero se crea un ambiente que no nos permite movernos con espontaneidad.

Sólo nos dejan acceder a esta sala, dicen que son los mayores y que el resto están durmiendo la siesta. Lo cierto es que estos niños estaban dormidos cuando hemos llegado.

Una cuidadora se asoma desde un pasillo que accede a la cocina pero rápidamente se oculta.

Preguntamos si es posible hablar con ella. Nos dan evasivas. Está claro que en su planteamiento no está el que hablemos con cuidadoras. Probablemente porque provienen de zonas rurales, físicamente son diferentes (pelo ondulado, piel muy morena), hablan un dialecto y me temo que las consideran prescindibles. Es algo que hemos notado en otras zonas de China: cierto clasismo que les lleva a no mezclarse unos con otros.

Damos así por finalizada la parte más interesante de la visita, aunque la sorpresa estaba por llegar.

Salida de la visita, ya habíamos visto a los niños (ver dibujo)

Patio central de la Casa de Bienestar, estaban ampliando para ancianos. La esperanza de vida aumenta y se necestia menos espacio para niños, ya que cada vez hay menos abandonos.

Cuando estábamos montando en la furgoneta que nos llevaría al restaurante, vimos a unas mujeres que nos observaban en el patio, junto a las obras de ampliación del edificio de ancianos. De ese punto venía Lei Jin Ying con nuestra guía. Pregunté quiénes eran y cuál fue mi sorpresa que con total naturalidad me respondieron que eran las cuidadoras. La niña había estado con ellas pero nunca sabremos qué sucedió en ese encuentro. Ella no lo recuerda y tampoco le dió mayor importancia.

Salté de la furgoneta gritando a Javi que atendiese a nuestro hijo y que tomara fotos, mientras cogí a Lei Jin Ying en brazos para plantarme delante de las mujeres. Por gestos, ofrecí que la cogieran.

El director del orfanato y nuestra guía me siguieron para “devolverme” a la furgoneta. Ibamos con retraso.

Aunque todo transcurrió en unos segundos, recuerdo perfectamente como una de las cuidadoras no pudo permanecer cerca de la niña y arrancó a llorar silenciosamente. El resto de las mujeres, nos miraban sonrientes y con los ojos brillantes.

La cuidadora que en la foto aparece vestida de azul, la segunda por la derecha, me miró directamente a los ojos, las dos emocionadas y ella más serena que yo. Le dije “xié, xié” (“gracias” en mandarín) y ella inclinó la cabeza en lo que me pareció un gesto de comprensión. Todo ello con la niña en brazos mientras yo estaba siendo empujada amablemente hacia la furgoneta.

LAS CUIDADORAS: no estaban incluidas en la visita, pero quisieron estar presentes. Las dos mujeres de la derecha habían cuidado de Lei Jin Ying. La que está de espaldas a la derecha arrancó a llorar cuando fui con ella. Por respeto, no se atrevieron a cogerla en brazos.

Ahora me es fácil darme cuenta de que debía haber insistido en quedarnos a charlar un rato con ellas. No obstante, el haber recorrido más de 12.000 km para esos segundos de encuentros mereció la pena.

Pudimos comprobar que las cuidadoras quieren a nuestros niños. Algo que seguramente parece evidente para cualquiera que tenga hijos, pero hasta que no estuve frente a frente con ellas, no me dí cuenta de que eso era precisamente lo que nos había llevado hasta Leizhou: comprobarlo por nosotros mismos.

Fin de la visita: comida con el personal de Administración.  Extraño para nosotros dos, pero era su manera de atendernos con todo su respeto.

Tras la comida, nos ofrecieron visitar Leizhou, y lo recorrimos en la furgoneta. Quisimos deternos en el hospital donde encontraron a Lei Jin Ying.

El hospital de Lei Zhou

 

 

 

Nos indicaron el punto exacto donde fue encontrada Lei Jin Ying

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La despedida fue emotiva, las rigideces de la visita desaparecieron por unos instantes.

 A la niña le regalaron un bolso infantil con cuadernos y un mapa de la zona (todo en chino) Lo guarda como uno de sus mayores bienes.

Al salir de Leizhou, volvimos a pasar por los mismos pueblos sencillos y llenos de polvo. El orfanato tenía mejores instalaciones y los niños que vimos parecían disponer de más recursos que algunos de sus habitantes.

Los cambios en China van a una velocidad espectacular. Mucha gente nos pregunta por qué fuimos a visitar Leizhou siendo la niña tan pequeña. Mejor sería esperar a que fuese mayor y pudiese recordarlo. Es verdad que esa es una gran ventaja pero estoy firmemente convencida que cuando ella sea mayor esta zona habrá cambiado.
Ahora nosotros tenemos más información y una idea sin prejuicios del entorno donde se crió. Y cuando nos pregunte sobre ello podremos contárselo en primera persona.


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